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jueves, 13 de noviembre de 2014

Siendo normales o al menos intentándolo

Cuando tienes un hijo con una discapacidad, de origen chino y con una deformación en su carita, y con una personalidad arrolladora, casi me atrevo a decir que normales, lo que se dice normales...nunca seremos para el resto de los mortales, o al menos, para algunos de ellos. La sociedad, aunque no nos lo parezca, está aún marcada por una normalidad obsoleta que contempla pocas modificaciones...

Siempre habrá miradas, y ya lo conté hace tiempo, con las que tienes que lidiar...Miradas llenas de extrañeza por sus rasgos, por sus aparatos, su nariz aplastada, o por la decisión que un día tomamos como padre y madre que somos de nuestro querido Hong. Una decisión que causa sorpresa, admiración, pavor, incomprensión, lástima, y de la que muchos nos compadecen o nos elevan a séptimo cielo.
Todo esto se siente, tan sólo con una mirada.Y es que no somos normales.

Esta "normalidad" supone otro esfuerzo, más, añadido, a los que, cada día, tenemos que afrontar...¿Qué hacermos? Pues, comportarte como si no ocurriera, como si no te dieras cuenta, como si fuera algo ajeno a tí.

Son miradas que traspasan y te presentan en bandeja  los pensamientos que se construyen detrás de esos ojos. Miradas que se convierten en declaraciones abiertas en bocas cerradas. Y tragas saliva y sigues riendo, jugando, andando, comprando, conduciendo...como si nadie se fijara en tí y en él, y sus ojos se clavan como cuchillos, pero tú subes barbilla, miras a ese ser que está siendo tu gran alegría y tu gran sufrimiento, piensas en todo lo que lo quieres, casi lo idolatras...y te dices..."qué normales somos, verdad hijo?"...